Media cuadra antes ya se siente, ya se huele. Ese olorcito inconfundible a masa horneándose, a salsa cocinándose, a muzzarella derritiéndose. Todo lo que un verdadero fanático de la pizza espera, Pin Pun lo tiene. Esta local clásico, que hoy en día tiene varias sucursales en Capital Federal e incluso en el Conurbano bonaerense, se define en sus redes como un «bodegón porteño», pero se sabe bien que a pesar de su variado menú sus fuertes son las pizzas.
Fundada su primera sucursal en 1927 en el barrio porteño de Almagro por inmigrantes genoveses, Pin Pun se hizo conocida por su variedad, sabores y calidad de ingredientes. Tanta fue la fama que cobró, que en 1958 tuvieron que abrir una segunda sucursal en Villa Urquiza, en el cruce de las famosas Triunvirato y Donato Álvarez. Como reza la portada de su menú, creció tanto por el boca en boca que debieron expandirse y mudarse en 1982 al ya súper tradicional local en la esquina de La Pampa y Ávalos, en Villa Urquiza. Es allí donde me dirigí, interesada por su popularidad.

Frente del local con vista a la calle La Pampa

Frente del local
Normalmente en el horario pico, alrededor de las 21.30, es difícil encontrar lugar por la cantidad de vecinos que frecuentan Pin Pun. Sin embargo, tal vez por ser día de semana y especialmente lunes, entré sin espera, sin hacer fila como es costumbre. Incluso, tuve para elegir entre tres mesas.
Una vez sentados, porque fui con mi novio, nos atendió «el pelado», un mozo célebre por su buen servicio. «El pelado» es un hombre de unos casi cincuenta años, ojos de un celeste profundo, pelado (obviamente) y con una gran sonrisa. Probablemente hombre de familia, casado, por la alianza dorada que se puede ver en el dedo anular de su mano izquierda. Su uniforme estaba impecable: con la clásica camisa blanca con vivos rojos y el delantal rojo por encima. El oficio de mozo y la experiencia brotan por sus poros. «Buenas noches chicos, ¿qué van a pedir? ¿Los puedo orientar?», nos dijo enseguida de manera educada, amable pero con distancia, como a mi criterio debe ser; características de las que los mozos de hoy en día carecen porque lo ven tal vez como un trabajo pasajero y no un oficio. Charlamos un poco, y nos contó que trabaja en el bodegón desde el 95. Fue y es el único trabajo que tuvo, y recuerda con nostalgia su primer día, en el que el dueño del local lo recibió de buena manera y le enseñó sobre los gajes del oficio. Nos contó anécdotas, algunas de famosos que fueron al local y otras de cuando Pin Pun fue elegida como mejor pizzería de la Ciudad de Buenos Aires. Percibí, que de manera muy leve, se le entrecortaba la voz, mientras nos decía que sus compañeros eran como familia.
Después de escuchar atentos sus anécdotas y sugerencias, pedimos la pizza napolitana especial de Pin Pun. En los quince minutos que habrá tardado en llegar la pizza, nos convidaron con un pan de pizza riquísimo, y mientras tanto me puse a mirar atentamente el local. Estaba repleto de gente, bien de barrio, todos relajados. La mayoría estaba en grupos numerosos: familias, grupos de colegas festejando el fin de año, o varias parejas compartiendo unas pizzas con la genial jarra de cerveza. La decoración es muy clásica; hay carteles grandes con fotos de sus platos, noticias enmarcadas en un tamaño tal par ser visibles en todo el local, textos estilo fileteado, botellas de vidrio de salsa de tomates y otros ingredientes de pizzas exhibidos. Lo que más me llamó la atención fueron diversos cartelitos rojos con letras blancas colgados por todo el local, con el hashtag «#filosofiapizzera» y frases como «pizza makes me feel good» o «generosidad es compartir esta pizza», colocados tal vez con la intención de mantener un espíritu clásico pero aggiornarse a los tiempos digitales que corren.
Tras una agónica espera, llegó nuestra pizza. Agónica, sí, pero justificada. Auténticamente clásica, al molde, crocante por fuera y más blandita por dentro. Rebozaba de queso muzzarella Vidal, atributo del que hacen alarde (por su cantidad y calidad) con justa razón. El tomate estaba en su punto justo, calentito pero no chamuscado por el calor del horno, y la cantidad de ajo era perfecta. Quedamos mas que satisfechos y no pudimos terminarla, pero por suerte Pin Pun ofrece la posibilidad de que los comensales nos llevemos las sobras bien empaquetadas. Igualmente, obvio que nos quedaba un lugarcito para el postre. Un consejo: traten de compartir, porque las porciones tanto de salado como de dulce son enormes. Nosotros nos deleitamos con un clásico argentino: flan con crema, caramelo y dulce de leche, una auténtica bomba que se notaba era casera, como el que nos hacía la abuela cuando éramos chicos.
Exquisiteces degustadas
Clientes satisfechos 🙂
Sin dudas, Pin Pun cumple el deseo que pregona en la tapa de su menú, que reza así: «Bienvenidos a Pin Pun…..y gracias por seguir eligiéndonos (a la clientela de siempre) y por venir a conocernos (a los nuevos y futuros clientes).». Nadie que pise este clásico puede evitar volver.


























